sábado, septiembre 16, 2006

Qué duda cabe… Todas.

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Asumir que no se duda es en este caso un recurso comunicativo como cualquier otro: Claro que dudamos. Dudamos de todo. ¿Soy Pablo? ¿Mi vida es mi vida?… La génesis de este proyecto bebe, como es público, de un texto de J.M. Gisbert en donde la duda se confunde con el sueño en la Leyenda del Universo Sur… Por tanto vaya por delante que dudamos; y vaya cómo dudamos.
Es por ello que estoy seguro de una serie de cosas –a resultas de la lectura en el Suplemento Babelia de El País, de hoy sábado, del los artículos de John Update… Perdón John Updike, y de Enrique Vila-Matas.
Lo primero, es de que en lo relativo a lo tecnológico en nuestras vida no hay vuelta atrás. No la hay, por más vueltas que le demos, ni por más temperatura que tome la cuestión. No hubo vuelta atrás cuando se aprendió a controlar el fuego, ni hubo vuelta atrás cuando se descubrió las aplicaciones de la rueda. Los movimientos “por un mundo sin fuego” o “por un mundo sin rueda” no me interesaron entonces, ni me interesan ahora. Sin embargo gozan de mi simpatía aquellas mentes que se pusieron manos a la obra en aplicaciones que realmente mejoraron la humanidad, más allá de “quemarla” o de “ruedearla”.
Lo segundo es el valor de la individualidad. La ciencia, ha desmontado la verdad religiosa de que todos venimos del mismo barro y nos ha otorgado a cada uno un código único e irrepetible; no ya en el seno de la humanidad, sino aparentemente en el seno de todo el cosmos. Y por tanto, opino que tiene el mismo valor mi abuelo cuando se vanagloriaba de que jamás se había puesto un jeans o una gorra de béisbol, que ese escritor que jamás ha usado un ordenador, o ese que sigue haciendo fuego en la terraza de su casa para comunicarse con su editor, al margen del móvil. Su valor singular no quita que la telefonía celular y la computación personal significan sendos avances para la humanidad.
Lo tercero es la certeza de que pase lo que pase, soporte más soporte menos, hasta el fin de los días, habrá un ser humano contándole una película a otro, en alguna parte. En el antiguo Egipto se pensó que el pergamino era enemigo de la mnemotécnica en tanto que ¿para qué recordar algo que se escribe?… Durante los oscuros años del Medioevo… Luego la imprenta estableció nuevas reglas de juego y los adalides del Mester de Juglaría dejaron de estar tan de moda.
Hace unos años había una propaganda de Aerolíneas Argentinas cuyo lema era “Cada 5 segundos, aterrizando y despegando en lgun lugar del mundo”. Yo creo que hoy podríamos adaptar ese slogan de esta forma: “Cada 5 segundos, alguien teme que se le acabe el chollo”.
Se dice que el escritor Javier Marías escribe a mano… Y me parece perfecto. Él es una persona singular en muchas cosas. Quizá incluso sea un genio. Se sabe también de la existencia en el pasado de tremendo músico sordo, así como de algun escritor magno, ciego. Pero eso son singularidades, no ejemplos a seguir. El mundo de hoy no nos permite movernos a mano y a tientas.
Hace unos días hemos regresado de un viaje de trabajo por Camerún. En una casión comenté a nuestro contacto local sobre mi costumbre de traerle un libro a mi hijo de aquellos sitios a donde voy… ¿Librería? –masculló… ¿Librería en Youndé?… Pues no sé. Me dijo que conseguir ese tipo de libros era muy complicado. Y entonces me comentó en broma que si quería que me trajera para mi niño, a la hermana de su madre, quien según parece, ha sido la que ha contado cuentos a sus once hermanos desde que nacieron… y que tiene bastante por mano el tema de historietas de por allí. Así que nos pusimos a charlar, en relación a todo el quilombo que anda montado con el tema del scanneo de textos por parte de Google. Mi pregunta fue sencilla… Le dije oye ¿no sería bueno que todos los libros humanos –y no humanos- estuvieran a disposición en la red para que cualquiera pudiera consultarlos simplemente a un par de clicks de ratón? Su respuesta fue: Claro! Sería genial… ¿Alguien da más?
Y por último, la cuarta cosa de la que estoy totalmente seguro es de la combinación de espacios y de tiempos en los procesos dinámicos… Yo no conozco la librería Blackwell’s, situada en la calle Broad, ni la Everyman’s, situada en la Quinta Avenida… Tampoco conozco Newark. Ni tampoco conozco la mayoría de los paisajes que me comenta Herodoto en sus charlas. Pero sé, que todo lo positivo que tiene un libro de bolsillo cuando estoy en el metro o en un avión, lo pierdo cuando pretendo hacer un regalo institucional… Regalo, a su vez, que se convierte en una pesadilla de peso, si lo he de transportar en metro o en avión. Cuando se empezó a gestar lo del viaje a Camerún, tomé mi vieja Enciclopedia Salvat (cuyos 20 tomos, tanto me ha costado ir trasladando por el mundo) y empecé a leer… “Colonia inglesa…” La información que he encontrado en Wikipedia, no es que sea mucho mayor, que sí, pero al menos, está más al día.
Todo tiene su momento, su tempo y su valor. Y es perfectamente plausible que convivan libros en papel, con libros en un nuevo material por descubir que no signifique talar árboles, con artículos en revistas digitales y conferencias y, el que sea lo suficientemente avaricioso, con esas interminables giras promocionales -para vender, vender y vender… Todo eso puede convivir con todo el saber humano en red, sin que eso le quite clientela a Blackwell’s, de la calle Broad.
Sylvia Plath no intentó suicidarse en la habitación del Astoria, sino en el horno de su casa de clase media que podán pagarse con su marido, también intelectual de fuste, pero de vida mediana, como es sabido. Muchos grandes escritores del s. XIX, vivieron a todo tren, más no por ser escritores, sino por ser periodistas… ¿Qué pasa si volvemos a una etapa en donde el escritor deja de ser profesional y pasa a ser vocacional otra vez? Pues no pasa nada. A muchos les quedará algo de envidia por la vidorra y el prestigio socioeconómico que han alcanzado los del boom latinoamericano, pero nada más… Yo, si tuviera unos segundos de charla con Rimbaud, no se me curriría preguntarle cuando ganaba con sus poemas (sabiendo como sé, que las cuatro pelas que hizo las hizo como traficante de armas en África)… Quizá, en un panorama así, se dejen de editar tantas novedades al minuto… O quizá, se editen el doble.
Ser poeta no es que te contrate Prisa para la contraportada o que vendas 3 ejemplares con Visor… Ser poeta es vivir como un poeta, amar como un poeta, pegarse como un poeta y quemar la vida como un poeta. Lo demás, son detalles que sólo afectan a los que tienen miedo a perder su silla, su kiosko, o sus cuatro perras gordas ganadas con el sudor de su frente. Ahí queda el Caso Zafón por ejemplo, sentando precedente: Oye, si lo que escribes es bueno, tremendamente bueno, no te preocupes, que podrás ganarte la vida con ello. Pero tendrá que ser bueno, bueno de verdad. Por lo demás…
¿Es posible hoy gritar ¡eh, yo soy el autor de eso!?… Lo dudamos.

VIA: Tökland

http://www.elpais.es/suple/babelia/
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