El Fin del Autor

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John Updike

Libreros, ustedes son la sal del mundo del libro. Están en la línea del frente donde, mientras el autor se encoge en su fumadero de opio, ustedes se encuentran - o "interactúan", como decimos ahora- con los norteamericanos raros y misteriosos que consienten en pagar 25 dólares por un volumen. Las librerías son fortificaciones solitarias, derramando luz en la acera. Civilizan sus barrios.Ahora vivo en una esquina de una ciudad pequeña de Nueva Inglaterra, que parece pueblo y tiene - ¡milagro!- una librería independiente, una de las pocas que han sobrevivido en el largo tramo costero entre Marblehead y Newburyport. Pero vivo, parece, en el paraíso de un tonto. El New York Times Magazine publicó un largo artículo que preveía con júbilo el fin del librero y, de hecho, el del escritor. Escrito por Kevin Kelly, identificado como el "viejo inconformista" de la revista Wired, el artículo describe una gloriosa digitalización de todo el conocimiento escrito. El plan que Google anunció en diciembre de 2004, de escanear el contenido de cinco grandes bibliotecas de investigación y hacerlo accesible, ha resucitado, según Kelly, el sueño de la biblioteca universal. "El explosivo aumento de la red, que pasó desde la nada al todo en una década", escribe, "nos ha estimulado para creer en lo imposible otra vez. ¿Puede que la tan anunciada gran biblioteca de todo el conocimiento esté realmente a nuestro alcance?".

A diferencia de las bibliotecas del pasado, continúa Kelly, "ésta sería verdaderamente democrática, ofreciendo cualquier libro a cualquier persona". El aspecto anárquico de auténtica democracia surge poco a poco. "Una vez digitalizados, los libros se pueden desenmarañar en una sola página o ser reducidos todavía más, en fragmentos de una página", escribe Kelly. "Estos fragmentos se mezclarán de nuevo para crear libros reordenados y estanterías virtuales. Como la audiencia de música, que ahora baraja y reordena canciones en álbumes nuevos (o 'playlists', como se llaman en iTunes), la biblioteca universal fomentará la creación de 'estanterías' virtuales: una colección de textos, algunos solamente de un párrafo, y otros tan largos como un libro entero, que formarán una estantería de biblioteca con información especializada.

Estas 'estanterías' se publicarán e intercambiarán en espacios públicos comunes. De hecho, algunos autores empezarán a escribir libros que podrán ser leídos como fragmentos o remezclados como páginas".Las repercusiones económicas de este paraíso de fragmentos que fluyen libres son consideradas con una engañosa informalidad, como algo natural, asunto de un desarrollo marxista inexorable. Cuando el modelo económico actual desaparezca, escribe Kelly, la "base de la riqueza" se convertirá en "relaciones, enlaces, la conexión y el compartir".

En vez de vender copias de sus obras, los escritores y artistas podrán ganarse la vida vendiendo "actuaciones, acceso al creador, personalización, información adicional, falta de atención (por medio de anuncios), patrocinio, suscripciones periódicas; es decir, todos los valores que no se pueden copiar".A medida que leo, esto me parece un escenario bastante macabro. "Actuaciones, acceso al creador, personalización" - sea lo que fuere- , ¿no nos hacen retroceder a las sociedades prealfabetizadas, donde solamente las personas presentes y vivas podían causar una impresión y ofrecer, por así decirlo, valor? ¿No han imaginado los escritores, desde los comienzos de la revolución de Gutenberg, que en sus textos escritos e impresos ya dan un "acceso al creador" más directo, más proporcionado, más rico en valor estético e informativo que una conversación personal no mediada o pulida?En mis primeros 15 o 20 años de autoría, casi nunca me pidieron dar un discurso o una entrevista. Se suponía que la obra escrita debía hablar por sí misma, y venderse sola, a veces incluso sin la foto del autor en la solapa. A medida que al autor se le retira gradualmente de sus viejas responsabilidades de confrontación y provocación indirectas, ha aumentado su importancia como una especie de anuncio parlante de su libro, una tarea mucho más agradable y halagadora, tal vez, que crear el libro en soledad.

Los autores, si entiendo las tendencias actuales, pronto serán como madres sustitutas, úteros arrendados en los que una semilla implantada por asesores poderosos se le permitirá madurar y, tras nueve meses, caer gritando al mercado.Cuando imaginamos un enorme flujo de palabras, virtualmente infinito al que se accede mediante motores de búsqueda y repleto de promiscuos fragmentos de palabras despojados de autores reconocidos, ¿no privamos a la palabra escrita de su anticuada función de comunicación entre personas mediante invenciones como el alfabeto y la prensa escritos; o, en resumidas cuentas, de responsabilidad e intimidad? Sí, hay un tonelada de información en la web, pero gran parte de ella es ridículamente inexacta, no editada ni atribuida, infantil.El libro impreso, encuadernado y pagado era - todavía es, por el momento- más minucioso, más exigente, con su productor y consumidor.

Es el lugar de un encuentro en silencio de dos mentes, una que sigue los pasos de la otra, pero que es invitada a imaginar, a discutir, a coincidir en un nivel de reflexión que va más allá del encuentro personal, con sus convenciones meramente sociales, su compasivo relleno de tonterías y perdón mutuo. Los lectores y escritores de libros se están acercando a la condición de resistentes, hoscos ermitaños que rehúsan salir a jugar bajo el sol electrónico de la aldea post-Gutenberg. "Cuando los libros se digitalicen", promete amenzadoramente Kelly, "leer se volverá una actividad comunitaria... La biblioteca universal se convertirá en un solo texto muy, pero muy largo: el único libro del mundo".Tradicionalmente, los libros tienen lomos: unos son rugosos, otros lisos, y muy pocos, por lo menos en mi extravagante editorial, incluso están coloreados.

En el hormiguero electrónico, ¿dónde están los lomos? La revolución de libros que, desde el Renacimiento enseñó a hombres y mujeres a apreciar y cultivar su individualidad, amenaza con terminar en una centelleante nube de fragmentos.Por eso, ustedes, libreros, defiendan sus fortalezas solitarias. Sus lomos son nuestras fronteras. Para algunos de nosotros, los libros son una parte intrínseca de nuestro sentido de la identidad personal.

The New York Times Book Review(fragmento)

Traducción de Marianne Kaletzky
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