miércoles, agosto 09, 2006

Ron Howard: El Código Da Vinci


"Dicen las estadísticas que ahora sí se lee, que se lee más que nunca; pero se lee lo que no debió escribirse, que es precisamente, a tenor de tantos éxitos de última hora, lo que más gusta. Y acaba cumpliéndose la pesadilla del creador de afo­rismos: la élite está convirtiéndose en parte de la masa. No lo contrario, como sería deseable: la masa convirtiéndose en parte de la élite. Me dirán algunos que bueno y qué. ¿No estamos ensalzando a troche y moche la lectura? ¿Por qué cuando la gente lee, con tanta perseverancia y universalidad estos Códigos Da Vinci y sus allegados nos escandalizamos? Que lean, que lean, exclaman los posibilistas, siempre será mejor que no leer. No digo yo que no. Si leer o no leer es como comer o no comer, siempre será mejor comer algo. Pero ahí está el caso de ese periodista norteamericano que probó a alimentarse durante todo un mes de hamburguesas y esa clase de comidas que llaman en Estados Unidos fast food . Todos sus niveles de salud entraron en zona crítica: colesterol alto, ácido úrico por las nubes, triglicéridos para qué decir... De no haber cambiado inmediatamente de dieta sus días sobre la tierra estaban contados. ¡Hombre –exclamará algún lector–, pero la lectura no mata! Lo sé, pero este tipo de lectura, digámoslo así para entendernos, de hamburguesería o fast reading , atonta, idiotiza, o, cuando menos, oscurece algo la sesera. Por eso digo yo que el dilema de comer o no comer es falso, tan falso como el de leer o no leer. Pueden comerse otras cosas, como pueden leerse otras cosas. Claro que aquí vendríamos a topar con el espíritu de nuestro tiempo. Lo decía Borges: imponer lecturas es como imponer la felicidad y no existe la felicidad obligatoria. Amén."

por Juan Pedro Aparicio Revista de Libros nº 115-116 , Julio / Agosto 2006
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