jueves, agosto 24, 2006

Marketing ¿literario? de la cuarentona Editorial Planeta, capítulo Venezuela

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tan extraordinario post, vale citarlo textualmente....

" Este sábado 19 me compré un par de libros, casualmente novelas escritas por autores argentinos nacidos en 1963 y, también circunstancialmente, editadas ambas por filiales del grupo Planeta. Hasta aquí todo marcha de maravilla, salvo que los libros ya no ostentan su precio y el lector/consumidor debe inquirirlo a libreros no profesionales (ni vocacionales; son empleados de sueldo mínimo haciendo malabares para sobrevivir), o buscar el dichoso “escáner” de código de barras que, con su zumbido electrónico, escupirá en pantalla el monto a pagar.

Me convenzo a mí mismo de la imprescindibilidad de tales lecturas y paso por caja a cancelar en efectivo, cash contante y sonante que no deja huellas. Grata sorpresa cuando me entregan, además de la factura correspondiente y mis libros embolsados, un par de “cupones”que me otorgan, en retribución a mi adquisición literaria, el derecho a participar en la rifa de (cito textualmente las “pestañas” numeradas 048823 y 048824 que conservo en mi poder): “8 viajes con un acompañante para Los Roques, Isla de Margarita, Mérida y La Gran Sabana. 3 días, 2 noches (con todos los gastos incluidos). Sorteo: 17 de octubre de 2006 a las 3:00 pm) en la sede principal de Editorial Planeta Venezuela)”.

Y digo yo (naif que soy, publicista que soy, lector que soy, escritor que soy): ¿no hay formas mejores de celebrar estos 40 años, qué, de la casa editora en Venezuela que mandándonos de viaje fugaz por la geografía vernácula? El conflicto aquí, como en todo, reside no en quién propuso la idea, sino en quién la aprobó...”Decisiones, tra-la-lá”, resuena en mis oídos Rubén Blades el cantante, no el excandidato político.

Imitando (inflingiendo, plagiando, para que les duela) un juego de rol mercadotécnico, yo –casa editorial– pretendo vender más libros y, por ende, promover (estimular, maximizar, optimizar, potenciar) el hábito lector entre los individuos de mi minúsculo mercado, ya que, simplemente, vivo de esto: de vender libros para que la gente los lea o rellene estantes por metro lineal.

Así que mi celebración de mis cuarenta años consistiría, entonces, en premiar (reforzar positivamente Skinner dixit) la conducta de adquisición de libros por parte del mercado lector (consumidor de libros editados por mí), rifando 40 “combos” de premios de Bs. 400.000 cada uno canjeables por libros perteneciente al amplio stock de Editorial Planeta Venezuela (o, desplegando el refrescante abanico de las posibilidades, sortear 40 “paquetes” de 40 libros de bolsillo), ¿no?, en lugar de usurpar las funciones de una agencia de viajes (a menos que exista una subramificación de negocios que yo ignore olímpicamente). Me pago y me doy el vuelto: te premio con mi propia mercancía, la promuevo, consolido lectores y genero fidelidad de marca, al igual que Fidel ostentando el logo Adidas.

Yo, naif, aplaudiría cándidamente la idea (acariciando tiernamente el concepto perverso de que “mientras más libros compre, más cupones acumulo y más chances tengo de que la diosa fortuna o el dios azar se fijen, dadivosamente, en mí).

Yo, publicista, les facturaría con justiprecio mi idea y respetaría el buen criterio de la aprobación gerencial respectiva.

Yo, lector, apreciaría enormemente la posibilidad de hacerme de un generoso lote de libros para mi biblioteca.

Yo, escritor, me quitaría el sombrero ante una casa editorial que honra sus funciones de promover la lectura mediante el sano ejercicio de la gestión comercial que le es inherente.

Yo, competencia, cogería ejemplo. Las mercancías culturales se gerencian y, más aún, si son trasnacionales con soberbias webpages: www.editorialplaneta.com y www.editorialplaneta.com.ve donde invitan a contactarlos, cosa que haré inmediatamente a la publicación de este post, remitiéndoselo, of course, a la casa matriz y a la sede creole, vamos, sin discriminar.

Otra cosa, a quien le incumba específicamente: deroguen esa fea costumbre de colocarles “preservativos” (léase condones) de celofán estridente a los libros, impidiéndonos hojearlos. Ya que el 98,72% de los empleados de las librerías no tienen la más puta idea de títulos y autores (ni siquiera consultando la base de datos de la computadora, cuando la hay y no es, sencillamente, una caja registradora que cuantifica ingresos), los lectores penitentes que protagonizamos extemporáneos vía crucis por las librerías nos vemos obligados a “ojear” (sic) con nuestras pupilas los libros, escudriñándolos obscenamente entre la desnudez de sus páginas impregnadas con el vello púbico de las letras impresas en ellas y sin técnica depilatoria que valga (las letra arrancadas siempre vuelven a salir con sus cañones más empecinados que antes).

Fetiches tipográficos aparte, el par de libros de bolsillo que me obsequié son: “El calígrafo de Voltaire” y “El secreto de los flamencos”. Autores vivitos y coleando (en cola para cobrar sus royalties): Pablo de Santis y Federico Andahazi.

Ah, cuidado con las sobre-promesas publicitarias (traducción a lo bestia del término anglo “over promessing”, que dicen los gringos, padres putativos de estas disciplinas de “trade”): el domingo antepasado, con derroche de centimetraje, Editorial Planeta Venezuela vocifera desde las páginas de alguno de los periódicos en formato estándar de circulación nacional (mis perros prefieren el papel de “El Universal”, dada su mayor absorción y reacción cromática de la tinta a la orina) que los títulos de Booket, esa deliciosa colección confortable al bolsillo, no sobrepasarán los diez mil bolívares por ejemplar. Quiero que sepan que, a lo largo de media docena de librerías ubicadas estratégicamente en malls del este caraqueño, no existe disponibilidad (ni conocimiento) de tal promoción cuarentona. De modo que yo me quedé vestido (con marcas outlet) y alborotado, con las ganas intactas de comprarme media librería a cuestas, hipotecándome hasta el alma de hipopótamo inflado con las pretensiones de leer a precios de saldo, liquidación, “sale”, rebajas, descuentos, o-fer-tas trisílabas.

¡ De nada, pues !

Berrinches de lector con derechos que me creo yo."


Javier Miranda-Luque: escribo directamente en tus ojos
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