los libros constituyen, además de la más maravillosa fuente de conocimiento y de placer, la ocasión para pensar y repensar

Posted by Picasa


Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948)
La figura del lector ideal, cuyas características enumera en el libro, polemiza directamente con la del lector modelo propuesta por Umberto Eco. -
—Es verdad, son concepciones en las que no conseguimos ponernos de acuerdo. Eco le asigna al lector un rol activo en la determinación del sentido de un texto. Yo me quedo con la lectura borgeana por placer, con la lectura lúdica. Cuando leemos por placer no afirmo que transformamos el texto en otra cosa, pero sí que, a través de los espacios que habilita el autor en el texto, podemos internarnos incluso en terrenos que el escritor desconocía. Por otra parte, tampoco coincido con la importancia que se les otorga a las nuevas herramientas tecnológicas a la hora de leer. La noción de herramienta tiene que ser una que se adapta a la mano; el problema aparece cuando queremos convencernos de que una herramienta nos da capacidades que nosotros no tenemos. La herramienta extiende nuestras capacidades, las amplía, las mejora, pero no las crea. De la misma manera como la red supone contener toda la información del mundo, no nos dice cómo utilizarla ni siquiera qué información es importante para nosotros. La idea de una acumulación que reemplaza el conocimiento de esa información me parece muy peligrosa.-
Antes se creía que la lectura podía salvar a los sujetos, ahora se cree que la acumulación institucional puede salvar los libros y con ellos la lectura. ¿Cree que ése es el origen de la obsesión por las grandes bibliotecas o los grandes repositorios, y el del afán por digitalizarlo todo?-
—La salvación de los libros se da a través de los lectores. La voluntad de acumulación oficial en resguardo de la memoria nacional empieza después de la Revolución Francesa. Así se crean las grandes bibliotecas nacionales en Francia, Alemania, Inglaterra, más tarde en España. Generalmente son el fruto de la acumulación de libros que ha hecho un personaje importante. Esos repositorios se convierten en símbolos del poder del país, de la nación. Lo que sucede ahora se debe a la presión de la industria electrónica. Creo que estamos yendo demasiado rápido hacia la acumulación electrónica, en reemplazo de los libros. Con esto se pierden de vista varias cosas: en primer lugar, que la lectura en libros y la lectura en pantalla no son lo mismo, porque hay una gran cantidad de elementos en el objeto libro que no aparecen en la pantalla. En segundo lugar, en el rescate que se hace de los textos para ponerlos en pantalla, se pierden o son recortadas ciertas jerarquías relativas a la calidad del texto: el cuidado de una edición o el aparato crítico que lo acompañan. Por último, lo más importante: no sabemos por cuánto tiempo la electrónica puede conservar un texto. Antes se decía que un disquete podía conservar un texto por cincuenta años, ahora se sabe que no lo conserva más que seis o siete. Del CD se dice que puede durar cien años, pero eso no está comprobado. Lo cierto es que constantemente hay que hacer back ups, porque el riesgo de pérdida existe. La presión de la industria electrónica por cambiar permanentemente los sistemas hace que para un repositorio nacional esta herramienta se vuelva muy peligrosa. Hay ejemplos de eso: la British Library había puesto en archivo electrónico documentos muy importantes que ahora no puede leer porque esos sistemas caducaron, porque los instrumentos para leerlos ya no existen. Hay que tener, entonces, sumo cuidado con este paso hacia las bibliotecas electrónicas, que ya se ha vuelto irreversible.-
—¿Es posible pensar que así como en algún momento se hizo una distinción entre la cultura letrada y la cultura popular, hay ahora dos universos de lectores diferenciados, el de los que tienen al libro como soporte y el de los que no lo incluyen necesariamente dentro de su formación?-
—No sé si esa diferenciación es tan nítida ni tan tajante como quieren hacernos creer. La gente sigue leyendo libros.-
—Pero hay grandes sectores de la población que nunca o casi nunca han leído un libro. Y otros, fanáticos de las nuevas tecnologías, que los desdeñan.-
—Hay grandes sectores de la población a los que nunca les han dado un libro, pero eso también ocurría en la Grecia antigua, en el Renacimiento, en el siglo XIX y seguirá ocurriendo en el siglo XXX. La proporción de lectores con respecto al resto de la sociedad es muy pequeña. Los lectores son una elite, pero una elite a la cual todo el mundo puede pertenecer. Hay un cambio muy grande en la noción de lo que es un libro, un cambio determinado nuevamente por factores económicos. Lo peor que le ha sucedido a la cultura occidental es el descubrimiento, por parte de las empresas multinacionales, del objeto libro. De pronto se dieron cuenta de que los libros se pueden producir y vender de la misma manera como se venden otros productos. Así se ha destruido la industria editorial, sobre todo en la lengua inglesa, donde prácticamente ya no existe. La industria editorial se ha convertido en una fábrica de productos impresos, no de libros. Mucho más que por el avance de las nuevas tecnologías, el libro se ve amenazado por la propia industria editorial, aunque esto ha sido posible gracias a las nuevas tecnologías. En la actualidad, se pueden producir libros a muy bajo costo y muy rápidamente, y la vigencia de esos libros no supone más que un par de semanas, ya que tienen una fecha límite de venta y luego se destruyen o van a parar a depósitos o mesas de saldos. Esta mecánica es fatal para los escritores. -
—¿En qué medida los condiciona?-
—El editor norteamericano de Doris Lessing acaba de rechazar su última novela argumentando que ella escribe demasiado. El escritor necesita experimentar, le es útil equivocarse, intentar distintos caminos hasta lograr cimentar una obra, pero esto es inconcebible dentro de los nuevos criterios de publicación. Incluso los grandes escritores, Borges, para poner un ejemplo, no vende cantidades importantes, pero eso no significa que no haya que publicarlo. El editor hoy mira su catálogo y lee las cifras de venta antes que los nombres de sus autores. Cuando los grandes grupos económicos compran editoriales, les dicen a sus directores que pueden publicar lo que quieran pero a condición de que vendan más. De modo que si tienen entre sus proyectos publicar un libro de poemas de Macedonio Fernández lo piensan dos veces, porque saben que no va a vender. Se instala así una autocensura peor que la que hubieran querido implantar los regímenes fascistas.-
—¿Tan oscuro es el panorama?-
—Yo creo, como profeta de la catástrofe —y esto lo dice con franca ironía—, que todo esto se va a derrumbar y que luego las pequeñas editoriales que sobrevivan volverán a publicar libros. Además aún no se han acabado ni los lectores ni la literatura. La relación que establece el lector con el libro que le está destinado es única y por eso hará todo lo posible por preservarla. Es como enamorarse. Por más que se pueda tener sexo virtual a toda hora en la red, la gente sigue prefiriendo enamorarse.
Al rescate de la locura artística:
JORGELINA NUÑEZ.
Alberto Manguel encarna, hoy en día, la versión actual del escritor humanista. Y esto se da no sólo por su conocida pasión por los libros —la misma que inspiró sus trabajos más sobresalientes: los ensayos Una historia de la lectura (1996), En el bosque del espejo (2001), Diario de lecturas (2004)— y el universo de ideas que gira en torno de ellos, sino también porque su actitud está lejos de ser la de quien se recluye en la soledad de la biblioteca.
2 comentarios

Entradas populares