miércoles, agosto 23, 2006

LA VIUDA

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Todos los grandes escritores querrían tener un albacea que se ocupara de sus escritos de forma tan atenta y tan minuciosa como hace María Kodama con la obra de Borges. La viuda del escritor argentino acaba de oponerse a la reedición en francés de sus obras completas, quejosa de las erratas y los defectos de imprenta que según ella acribillaban la ya vieja y más que agotada edición anterior. Ahora que se cumplen veinte años de su muerte, habría sido una buena celebración publicarlo en el país vecino donde, dicho sea de paso, uno sospecha que es todavía más valorado que en España y casi tanto como en Argentina. Pero el espíritu de Borges no se puede quejar del trato que, con todo merecimiento, le dispensa la posteridad. Desde el punto de vista pecuniario, Borges sigue siendo una inagotable fuente de royalties y de derechos de autor. Se cotizan sus cuentos, sus poemas, sus ensayos y hasta sus frases ingeniosas. Y por si eso fuera poco, la marca Borges –a cuya promoción ha contribuido María Kodama con un talento más propio de brokers que de agentes literarios- alcanza a productos que ni siquiera salieron de él. A Borges se le atribuyen casi tantos aforismos y ocurrencias ajenas como a Oscar Wilde. El último producto de este mercado espurio ha sido una sarta de sandeces encadenadas en forma de poema echado a volar en la internet –dónde, si no- por alguien con tan pocos escrúpulos como escaso sentido del ridículo poético. Algo parecido le pasó a Gabriel García Márquez con otro desatino titulado «La marioneta» que todavía le persigue como una mala sombra sostenida por lectores carentes de gusto y profesores de literatura perezosos e indocumentados. Si el colombiano, que aún vive y colea gracias al cielo, no ha sido capaz de poner coto al entuerto, cómo va a defenderse desde su tumba el buen Borges. Por eso a uno se le ocurre que, en vez de privar del gozo borgiano a los lectores franceses, haría bien María Kodama en velar por la dignidad literaria de su difunto esposo persiguiendo a quienes lo falsean de esta y otras formas no menos ultrajantes. Pero es difícil saber si estamos ante un centinela leal o ante una avispada economista, como ha insinuado el editor Gallimard. A veces un cero más en uno de esos trozos de papel llamados cheques resuelve el más enconado litigio. Sobre todo si la destinataria responde a un perfil bastante repetido por desgracia en los libros de familia de los viejos escritores: el de una mujer joven y decidida que un día aparece dispuesta a dar alivio a las debilidades otoñales del genio. Y sobre María Kodama, ay, empiezan a recaer las sospechas de que su lealtad a Borges y a su obra no es tan desinteresada como trata de hacernos creer.

Publicado en El Correo, 19.8.06.

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