De como los monstruos salen de noche.......

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"Literariamente, los monstruos siempre irrumpen. En un mundo ordenado, claro, perfecto, de repente un monstruo es, al decir de Heidegger, arrojado a ser. Cuando el monstruo cae en el mundo, toda la percepción homogénea de la realidad se quiebra, toda certeza se pierde y la claridad se opaca en las tinieblas. El monstruo reina en el Caos, padre de la Noche porque él, en sí mismo, no es más que una aberración. Pero las cosmogonías no toleran la oscuridad, y la noche siempre es derrotada por el día. Los monstruos, entonces, son combatidos por los héroes, que restituyen la luz y el orden en la comunidad. El héroe señala al monstruo como lo otro, lo diferente, y lo juzga inevitablemente como horrible y malo, desterrando lo anómalo de toda estética y de toda ética. Sin embargo, precisamente en el Siglo de las Luces, los monstruos comienzan a ocupar un lugar en el extremo positivo de lo bello y se convierten en héroes, ya no de la luz, sino de la oscuridad. El gusto literario por lo espantoso existe, sin duda, desde siempre. Una clara muestra de ello son las tragedias, desde las clásicas a las shakespereanas. Sin embargo, es en la segunda mitad del siglo XVIII cuando un pensamiento articulado sobre lo horrible y lo temible se desarrolla con enormes consecuencias para el ámbito de las artes, entre otras, el surgimiento de la estética. Desde Platón, lo bello ha estado asociado a una moral a través de toda una constelación de temas que giran en torno a lo luminoso: la belleza como indicio del bien, como luz reparadora. Los ilustrados también piensan la estética desde este ángulo, pero lo bello tendrá desde este siglo una acepción más amplia y problemática porque abarcará también lo opuesto a la razón y a la luz, principios axiales de todo canon clásico. Entre esos opuestos aparece la oscuridad ligada a una exaltación desmesurada de las pasiones, a lo patético, a lo no-lógico y a todo aquello derivado de una exploración de lo temible que encierra lo nocturno. Esta inserción del horror en lo bello se explica por las reflexiones en torno a lo sublime que ocuparon a muchos pensadores del siglo XVIII. Uno de ellos, tal vez el más importante, fue Edmund Burke. Burke escribe en 1757 su Investigación filosófica sobre el origen de nuestras ideas de lo bello y lo sublime. En su tratado, y con Shakespeare bien instalado en la tradición literaria inglesa, Burke aborda la difícil pregunta de cómo es posible que lo terrible nos deleite. Es evidente que la perfección, que la proporción, que la claridad y que la simetría, en suma, que la belleza clásicamente entendida, deleite nuestro ánimo, pero no queda muy claro cómo puede lo monstruoso lograr lo mismo. La respuesta a esta pregunta la encuentra Burke en la sublimación, combinación de terror y deleite, que opera en el ser humano ante lo temible. Para su análisis, Burke piensa en ciertos objetos, en ciertos escenarios que evocan lo sublime. Piensa en la noche, en las cavernas, en los precipicios, en el océano, en las tormentas y en todo aquello que por su poder o su grandeza constituye una amenaza de muerte para el hombre. Ante una fuerza superior, dice Burke, ante la muerte, ante lo absoluto, caemos en una especie de parálisis, de éxtasis que es, precisamente, el terror. Frente a la presencia de un poder tan fuerte, el hombre inevitablemente siente su limitación y su carencia, está a merced de un potencia de alcance desconocido que espanta. Pero ocurre también que este sentimiento desmedido que genera lo temible puede sublimarnos. Para ello, dice Burke, es necesario que medie una distancia entre lo espantoso y nosotros, que no exista realmente peligro de muerte. El deleite que emana del horror deriva, en consecuencia, de poder observarlo como un espectáculo, de poder vivirlo estéticamente. Así, a través de una vivencia sublimante del horror, podemos, desde nuestra individualidad y pequeñez, alcanzar lo absoluto. Ingresa así en el ámbito de las artes lo que Burke llama "horror delicioso" o "placer negativo", y con él, una corte de monstruos nacidos en lo nocturno, ámbito por antonomasia del espanto. Lo horrible pasa así a ser una categoría de lo bello. La noche, en su costado terrible, se convierte, -como tantas otras privaciones: el vacío, el silencio, la soledad, la muerte-, en un tema literario riquísimo que permite, paradójicamente, trascender a una categoría artística y moral superior. El día, decía Kant, es bello, pero sólo la noche es sublime, porque es la oscuridad lo que potencia el horror más que cualquier cosa, pero no un horror paralizante, estéril, sino el espanto que nos acerca a la totalidad de la que formamos una minúscula parte. Esta apertura estética a la noche, consecuencia inmediata del tratado de Burke, cristaliza por primera vez en 1765 con El Castillo de Otranto, de Horace Walpole, primera novela gótica. En este castillo, la noche es invadida de ruinas encantadas, fantasmas, tormentas, relámpagos y una serie de sucesos inexplicables que definen, desde entonces, el género de horror. La novela, hoy leída, es casi un simpático catálogo de motivos del espanto, pero tiene el mérito de ser el origen de toda una corriente literaria que en los siglos XVIII y XIX generó obras como Vathek, Frankestein, El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, los cuentos de Edgar Allan Poe, El monje, La isla del Dr. Moreau, o Las flores del mal. Después del tratado de Burke y de la novela de Walpole, los románticos, los simbolistas, los parnasianos, incluso los modernistas en Hispanoamérica, volverán una y otra vez a explorar desde la ficción el horror delicioso ante lo inexplicable y temible, todo ello de la mano de las criaturas de la noche. Es en los "nocturnos" donde todo se vuelve sombra, incertidumbre, miedo, crimen, extrañeza, silencio, vacío, pero también deseo, voluptuosidad, seducción, totalidad, certeza. Esta dualidad de la noche confluye, ya a fines del siglo XIX, en uno de sus monstruos más acabados: el conde Drácula (también en una de sus criaturas más hermosamente fatales: Salomé). El vampiro es el oxímoron perfecto de la noche, porque es un muerto que vive en un mundo invertido donde el placer de él y sus víctimas se convierte en maldición eterna para ambos, donde el que devora es también devorado. Drácula, junto con todos los monstruos que nacen cuando lo horrible comienza también a ser hermoso, son los dueños de abismos terribles que estéticamente invitan a una ceremonia de desposesión y a una vivencia absoluta de lo otro. Este fondo enigmático del mundo muestra el revés de toda trama y abre una realidad inmensa, por contradictoria, por total, que acaba con la aurora."

Carolina Depetris, Argentina. Doctora en Filosofía y Letras, y profesora-investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México.

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