El resuello de los libros

El resuello de los libros
No entiendo cómo pude amontonar mis libros en un depósito durante ocho meses, abriendo apenas la puerta para que se ventilen. Al fin pude rescatarlos y desplegarlos en un departamento que escogí por sus altas paredes. Todavía están desparramados como cadáveres en un campo de batalla, pero buena parte de ellos han ganado sitio en los estantes y me observan como espectadores de tribuna.
Me gusta llegar de noche y antes de encender la luz sentir su olor característico. Yo diría que no sólo huelen: respiran, resuellan. Las paredes altas les permiten repantigarse a sus anchas, y aun los que se paran ordenados en los estantes parecen ciudadanos erguidos cantando un himno a la alegría.
Me he preguntado por qué hace una semana que tengo insomnio. Le he atribuido mi falta de sueño al rencor de mi colchón que también estuvo en depósito. Supuse que se negaba a sentir mi humanidad y me alejaba el sueño; pero sospecho que más bien son los libros que hacen vigilia mientras yo procuro dormir. Tantos y tantos personajes aprisionados entre sus páginas, ávidos de que algún lector piadoso les dé vida posando sus ojos en los renglones, tienen que desvelar hasta a una marmota o a un peregrino descalzo luego de un fatigoso viaje. Siento que se agitan en la oscuridad y esperan ansiosos que al menos mis ojos les den vida, así sea hojeándolos a mi aire, con una curiosidad desmañada, en busca cuando más de alguna frase subrayada.
Esos personajes intuyen que de cada uno de esos libros no pueden salir, a no ser por la línea aérea de la memoria del lector. Si el lector les presta sus ojos y su memoria, ya no estarán encarcelados, ya no yacerán como en un cementerio: agitarán la memoria de quien los lea y nutrirán su conversación sugiriendo sentimientos nuevos y pulsiones jamás estrenadas.
¡Cómo sufren los libros en los traslados! Parecen convictos apiñados en vagones de carga rumbo a campos de concentración. Pero hay esperanza en ellos, pues no saben adónde irán a parar. Unos acaban deshojados y convertidos en papilla que a su vez será prensada en rollos de papel higiénico. Quevedo diría que de adorno de los ojos de la cara pasan a ser utensilio del ojo cíclope del culo. Otros aguardarán pasar de mano en mano en las librerías de libros usados, intuyendo, melancólicos, cómo regatean precios, como si se tratara de esclavos rendidos o acémilas de mala dentadura. Pero a veces los acoge un ambiente fresco, no importa si soleado, pues aun en la penumbra son felices, con tal que a la luz de una lámpara, o de un candil, un par de ojos recorra sus páginas y devuelvan vida a sus personajes.
Un libro huele delicioso; dos, tres, diez, acentúan su bouquet. Pero cientos de libros en un departamento no sólo huelen: ocupan. Uno se siente viviendo en una "casa tomada"; paseando la propia soledad entre multitudes. Tan sólo de imaginar cuántos personajes hay encerrados en esos libros, uno podría pintar nuevamente esos murales de la Revolución Mexicana con decenas y decenas de rostros reconocibles. Allí Oliveira intuye que la Maga no existe, y aun así se pregunta si podrá encontrarla; Aureliano Buendía va una y otra vez de la mano de su padre a conocer el hielo y Don Quijote, con una bacinica de barbero por yelmo y un viejo leño por lanza sale, en uno y otro viaje por La Mancha.

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