jueves, septiembre 08, 2005

Navegue por su librería

Navegue por su librería
Ana Vaca


El pasado 16 de julio el portal de venta de libros en la internet Amazon.com festejó sus primeros diez años de vida. Una década en la que ha logrado salir sobradamente de los números rojos y se ha posicionado como el portal más reconocido y utilizado para la venta de libros y discos en línea, y en la que ha obligado también a las librerías a adoptar otros modelos de comercialización

Como todo buen cuento de hadas y tecnonerdos de la época de la internet, esta historia comienza en un garage de la ciudad de Seattle, en el estado de Washington. Tres amigos con sus computadoras conectadas en red fundaron en 1994 el primer portal de venta de libros por la internet: Amazon.com. El portal —que debe su nombre al río Amazonas, después de un malhadado intento de llamarlo Cadabra.com, nombre que, según los comentarios generales, sonaba demasiado mortuorio— comenzó a operar el 16 de julio de 1995 encabezado por quien todavía hoy es el director del proyecto, el informático y especialista en estadística Jeff Bezos, que debe buena parte de su formación al desarrollo de fondos especulativos en empresas de Wall Street.
La idea de Amazon.com surgió como una respuesta a las enormes cadenas de librerías “de ladrillo y cemento” que amenazaban con comerse el mercado librero, que no ofrecían ninguna salida y que comenzaban a posicionarse en cada ciudad y pueblo bicicletero de Estados Unidos: la primera, Barnes & Noble y, en un eternamente llorado segundo lugar, Border’s. El hecho de que hayan decidido establecerse en el comercio en línea a través de los libros no responde a una especial filiación con el mundo de la cultura escrita, sino a que, en términos de mercado, la categoría libros dispone de más artículos, y más fácilmente localizables, que ninguna otra. La idea que tenían estos emprendedores era sustituir a los puntos de venta y no convertirse ellos mismos en distribuidores, sino aprovechar el espacio de exhibición que provee la red —prácticamente infinito frente a los 170000 volúmenes que pueden albergar los establecimientos físicos— para dar a conocer los títulos a los clientes, y funcionar como un intermediario entre éstos y los distribuidores. Sin embargo, este sistema no resultó como estaba concebido, puesto que los distribuidores no estaban suficientemente organizados para responder adecuadamente a sus clientes, por lo que los chicos de Amazon se vieron en la necesidad de alquilar una bodega de 4650 metros cuadrados y desde ahí realizar sus envíos. No es de extrañar, por lo tanto, que la empresa se haya graduado finalmente a los números negros apenas en 2003, sobre todo si se toma en cuenta que los precios que ofrece son necesariamente más bajos (hasta un 40 por ciento más bajos) que los de las librerías “reales” (salvo en los países donde existe el precio único, como Francia o Alemania), aunque, como dijo el propio Bezos en una entrevista al periódico francés Libération, “El precio no es la principal atracción de una librería virtual. El precio es el tercer elemento que tienen en cuenta los clientes, por detrás de la selección y la comodidad”. Finalmente, logró llegar a un acuerdo con sus dos principales distribuidores: Ingram Books y Baker & Taylor, para que le enviaran los libros únicamente sobre pedido y evitarse así el almacenamiento.
A pesar de su falta de solvencia, Amazon.com ha resultado un éxito en términos de posicionamiento de marca. Cuando comenzaron eran los únicos que ofrecían un servicio de este tipo, por lo que a través de los años, si bien existen ya otros portales, incluidos los de las librerías “reales”, que ofrecen algo similar, siguen siendo el sitio más reconocido —como escribió Rodrigo Fresán en Radar: “la insaciable Amazon.com siempre será nuestro primer amor”—, lo cual les ha permitido establecer alianzas estratégicas con diversas empresas y proveedores de servicios que no necesariamente tienen que ver con la industria editorial, pero que aprovechan este canal de comercialización para colocar sus mercancías. Así, si uno visita el sitio de internet, puede adquirir desde productos electrónicos hasta juguetes, sin tener que tomarse la molestia de ver un libro ni de reojo.
Esto puede lograrse gracias a que la librería en línea funciona de dos maneras: por un lado, puede visitarse como cualquier establecimiento: uno entra, curiosea, mira los aparadores, la mesa de novedades, la tienda de regalos, y se concentra finalmente en aquello que llame su atención, ya sea libro, revista, disco, película o carreola doble. Ahora bien, si se tiene en mente un título o producto determinado, puede accederse directamente a un motor de búsqueda que en pocos segundos arroja diversos resultados sobre ediciones, precios y, muy importante, recomendaciones. Aunque nada sustituye el trato cordial y la personalísima recomendación de un librero de carne y hueso, Amazon.com ha puesto el análisis estadístico (la bendita ciencia madre de Bezos) al servicio del comercio libresco. Es tan grande su oferta, pero sobre todo es tan copiosa su clientela, que sus consejos “a ciegas” a menudo dan en el blanco con sólo ofrecer al comprador lo que otros con perfil semejante han elegido. Con minería de datos y redes neuronales, es decir con técnicas cuantitativas que detectan patrones en el amorfo océano de registros individuales, el coloso de las librerías virtuales recurre al menos a tres fuentes de información para dar una atención falsa pero efectivamente personalizada: por un lado, las compras en sí (qué productos se venden juntos, con qué frecuencia adquiere cada visitante obras de un tema dado, qué ha escogido en el pasado), pero también a las muy reveladoras listas “de deseos” que los usuarios construyen al elegir productos para futuras compras (o para que alguien más se lo regale) y a las listas temáticas que, espontáneamente, los visitantes de la librería “cuelgan” del sitio. Así, con registrar y procesar esas afinidades, en las que el cliente es al mismo tiempo informante e informado, el librero de silicio es capaz de leer nuestro pensamiento y presentarnos textos compatibles con el que ya queríamos comprar. La informática está detrás de Amazon.com no sólo porque es una tienda en línea sino porque en su corazón late el análisis automatizado, tan poderoso que por momentos se confunde con el cálido tino de los libreros de antaño.
Una vez más, estamos frente a un fenómeno que se disparó a partir de un evento conocido, aunque poco común: alguien tuvo una idea genial. Y no sólo eso, sino que alguien tuvo una ideal genial y supo desarrollarla de tal forma que mientras los grandes emporios de Silicon Valley vivieron el síndrome del polvorón en aguacero, la librería en línea que se ha convertido en una especie de cibermiscelánea, sigue produciendo, alegremente, millones y billones (de dólares).



Ana Vaca, profesora y periodista, es fiel cliente de Amazon.com



http://hojaporhoja.com.mx/articulo3.html?identificador=5638&numero=99&reportaje=1

LOS BLOGS EN LA PROMOCIÓN DEL LIBRO

LOS BLOGS EN LA PROMOCIÓN DEL LIBRO
© Javier Celaya

Si tres de cada cuatro españoles no leen periódicos, no entiendo por qué la mayoría de las editoriales centran casi todos sus esfuerzos de promoción en obtener reseñas en los medios de comunicación tradicionales en vez de fomentar la recomendación de sus libros entre lectores a través de los nuevos medios digitales. El índice de lectores de prensa escrita en España no crece desde hace diez años, mientras que los lectores de diarios digitales aumentan cada año en un 183%.

Además, si tenemos en cuenta que varios estudios sobre hábitos de lectura y compra de libros señalan que más del 60% de los españoles compran un determinado libro basándose en el consejo y recomendación de un amigo o un familiar, mientras que sólo un 21% lo hacen tras leer una reseña en un medio de comunicación, ¿cuándo empezarán las editoriales españolas a considerar los nuevos medios digitales como la herramienta idónea para fomentar la recomendación de libros entre potenciales lectores?

Los departamentos de prensa de las editoriales dedican grandes esfuerzos económicos y humanos a la organización de ruedas de prensa de presentaciones de libros, seguimiento de notas de prensa, gestión de entrevistas con el autor, envío de centenares de ejemplares a las diversas redacciones con el fin de lograr la ansiada cobertura mediática. ¿Tiene este esfuerzo de promoción un impacto real y directo en las ventas del libro? Pocas editoriales son capaces de medir con exactitud la eficacia y rentabilidad de sus estrategias de comunicación. Su única referencia de éxito es que uno o varios de los suplementos culturales que publican semanalmente los principales medios de comunicación (Babelia, Culturas, El Cultural, ABCD, etc. ) y/o la sección cultural de estos medios publiquen una buena reseña sobre el libro que están promocionando.
Varios expertos estiman entre 25.000 y 30.000 personas/semana la audiencia de lectores habituales de estos suplementos en toda España. Independientemente de las cifras de lectura, entendemos que la audiencia de los suplementos culturales es muy fiel y responde a unos perfiles de audiencia objetivo muy característicos. Siempre que nuestro objetivo de comunicación sea ese público, compartimos la necesidad de canalizar esfuerzos de promoción a través de estos medios tradicionales. Ahora bien, las editoriales deben tener en cuenta que están surgiendo nuevos canales de comunicación basadas en las nuevas tecnologías que paulatinamente irán adquiriendo mayor peso en las estrategias de comunicación cultural. De hecho, estamos convencidos de que hoy en día es imposible elaborar una estrategia de comunicación sin tener en cuenta esas nuevas posibilidades, y sabiendo que en un futuro muy cercano serán canales decisivos.

Diversos estudios indican que la mayoría de las personas mantienen conversaciones sociales de forma permanente con cerca de 150 individuos (familia, amigos, gente del trabajo, etc). Durante estas conversaciones, las personas suelen recomendar libros, discos, películas, lugares de vacaciones, restaurantes, etc. Con la llegada de los nuevos medios digitales nuestra capacidad de conversación en red se multiplica. Internet crea millones de atajos y enlaces entre estos grupos de 150 personas, donde las conversaciones fluyen de un grupo a otro grupo. Las editoriales tienen una oportunidad única para fomentar conversaciones sobre libros entre lectores a través de los blogs (bitácoras).

Para entendernos, un blog es un sitio web donde un autor aporta opiniones y reflexiones, escritas con un estilo informal. Muchos de estos blogs son gestionados por líderes de opinión (periodistas, críticos, escritores, etc.) que escriben en estas páginas digitales sobre temas que no pueden tratar abiertamente en los medios tradicionales por conflictos de intereses y líneas editoriales encorsetadas. En la actualidad, existen alrededor de 80.000 blogs activos escritos en español, convirtiéndose en auténticas fuentes de información alternativas y en herramientas que difunden la actualidad cultural de forma fluida y eficiente. Algunas editoriales españolas están ya teniendo en cuenta a estos nuevos medios digitales en sus estrategias de comunicación y promoción de libros.

Estos nuevos medios de comunicación están cambiando las relaciones entre los lectores, los autores y las editoriales. Actúan como fuente complementaria a las reseñas publicadas en los medios tradicionales y permiten a los lectores obtener información y compartir opiniones sobre determinados libros.

Muchos profesionales de la comunicación se preguntan si los autores de estos blogs deben ser considerados periodistas, creadores de opinión o fuentes de información. Para los departamentos de prensa de las editoriales este debate es irrelevante. Lo verdaderamente interesante es que los bloggers son personas que opinan como lectores con criterio, más o menos fundado, y que además, por su capacidad de creación de opinión, pueden influir directamente en la percepción que tengan muchos lectores sobre un determinado libro.

Por tanto, más vale que las editoriales empiecen a pensar en el papel que tienen estas nuevas herramientas en sus futuras estrategias de comunicación. Tienen a su alcance un nuevo medio de comunicación cultural que no se limita a reseñar un libro, sino que permite a los lectores conversar sobre él con otros lectores y formar parte del proceso informativo.


Javier Celaya
http://www.dosdoce.com/pagina_nueva_247.htm

martes, junio 07, 2005

¿CUANDO UN LIBRO DE LITERATURA ES BUENO?

CUANDO UN LIBRO DE LITERATURA ES BUENO?
Pilar Dughi

Psiquiatra y escritora, autora de dos libros de cuentos ­La premeditación y el azar y Ave de la noche­, Pilar Dughi se hace esta pregunta y su reflexión nos demuestra que sólo en apariencia se trata de una pregunta ociosa.
El título del presente artículo alude a una interrogante que el lector se hace en el momento en que le provoca leer algún libro de literatura de cualquier índole y busca referencias para adquirirlo o prestárselo. Los lectores, sea cual sea su estirpe, lo eligen por razones desde las aparentemente más triviales, como son la carátula o la forma de presentación del libro, hasta otras como los comentarios de los amigos o la lectura de alguna reseña crítica en los periódicos. Si hablamos particularmente del lector limeño, si es universitario, intelectual y/o cultivado, la reseña en un medio escrito cobra relevancia. Pero el común denominador de los compradores de libros de literatura en nuestro universo citadino, según una encuesta publicada en El Comercio , lo hace consultando a los vendedores de las librerías. Situación no muy disímil a los compradores de medicamentos, consultando a los vendedores de las farmacias; puesto que, aunque el papel del librero ha sido siempre una antena orientadora del buen gusto literario cuando conoce su oficio, librerías semejantes son hallazgos privilegiados en nuestro limitado comercio del libro. Se busca la opinión cercana, la accesible, en la que predomina el criterio pragmático referido a la experiencia del consumo y no necesariamente el de la calidad del bien.
El medio de difusión más eficaz de un texto literario en el lector promedio, como ocurre con la mayoría de los servicios de atención al usuario, también promedio, es la famosa radio bemba, es decir, lo que les gusta a todos. Y esta modalidad resulta siendo, de alguna manera, gestora microsocial del gusto literario de un micropúblico. El hecho resulta una constante importante: a fines del siglo pasado, la editorial alemana Diederichs investigó la motivación por la compra de un libro. La recomendación oral de los amigos fue la respuesta abrumadora. En 1926, la Bolsa de Libreros de Leipzig obtuvo resultados parecidos. El 67 % de sus encuestados adquirió un libro gracias a la alabanza que hizo de él un conocido. El resto, por la lectura de alguna reseña.
Pero la formación del gusto literario tiene mucho que ver, desde los tiempos primordiales, con el rol del artista y su relación con el poder. Petrarca tuvo que soportar durante veinte años ser mantenido económicamente por la familia de los Colonna de Roma, a quienes odiaba, y Chaucer tuvo como protector a John of Gaunt. El son de sus escrituras, cantaba también a los gustos literarios de sus protectores. Hubo, por supuesto, honrosas excepciones: Cervantes no aplaudió el éxito complaciente de la dramaturgia de Lope ­quien gozaba de generosos apoyos­ y ello le costó vivir atormentado por sus deudas y oficiar como cobrador de impuestos, trabajo para el que, al parecer, no estaba bien dotado que digamos.
Si la censura a los escritores la ejercían los protectores de antaño, es el mercado contemporáneo del libro el que hoy se convierte en censor. Situación que ha sido críticamente enunciada en las últimas décadas de nuestro siglo, por las grandes casas editoriales. Tom Wolfe, por una novela aún no escrita, recibió en 1989 el adelanto de siete millones de dólares. Tal anticipo, según idicó el New York Times, requería, cuando menos, la venta de 700.000 ejemplares para amortizar la cifra entregada al autor.
Estos riesgos de inversión obligan a costosas operaciones de marketing dirigidas a seducir a los informadores culturales, los críticos literarios, los libreros y otros receptores privilegiados que juegan un papel capital en la promoción del libro. La ventaja de una difusión de masas que facilita una mejor disponibilidad de la cultura para un público mayor, se adormece por valores promovidos más por las vitrinas y las luces de neón que por el juicio crítico.
Y en este mundo a fines del milenio, perseguidos y subyugados por el E­mail, celulares, beepers y el repertorio de TV Cable Internacional, no hay tiempo para pensar. Hay que actuar. La acción y las respuestas definen las conductas, y la disponiblidad para la lectura, experiencia básicamente solitaria que requiere sus propios tiempos de procesamiento interior, se reduce.
La competencia del libro, en estas condiciones adversas, se encuentra con un lector más indolente que selectivo. El supuesto buen libro se define, así, por la magnitud de una venta dirigida a un hipotético gusto literario adscrito a un lector ideal azaroso, pues en los grandes mercados foráneos muchos autores no alcanzan más de tres semanas de permanencia en las carteleras de venta. Se pierden no sólo malos, sino también buenos libros que no han podido responder a las necesidades de recuperación de costos del marketing.
La formación del gusto literario desde que se configura el mercado editorial a mediados del siglo XVIII, tiene que ver además con una variedad de condiciones, como la experiencia lectora promovida por la escuela o la tradición familiar, la presencia de una crítica literaria en los medios de comunicación, las políticas de promoción cultural, las bibliotecas locales, los suplementos literarios y, por supuesto, el acceso económico al libro.
En nuestro país, la escuela, si nos atenemos a los resultados de la calidad de la enseñanza, una de las más pobres de América Latina, no es precisamente formadora del hábito lector. El libro es un artículo caro para las familias peruanas. Y la crítica literaria como tal es un oficio fortuito en la prensa escrita. Por otro lado, las editoriales peruanas distibuyen pobremente su libros, y no suelen arriesgar un tiraje de literatura mayor de mil o mil quinientos ejemplares, cuyos costos se recuperan en el lento plazo de uno o dos años.
En circunstancias tan poco estimulantes, aparece radio bemba, nuestro más fácil e inmediato referente de selección. Si el libro le gustó a un amigo, con quien compartimos ciertas afinidades, a quien podemos preguntarle con confianza ¿es bueno? Tal vez su propuesta, en el momento, sea el libro que resulta tan exitoso como la libreta de ahorros de más altos intereses en el mercado financiero. Y ese es el primer escalón de lo que se llama el gusto literario.
Paradójicamente, esta situación no fortalece al mercado editorial ni al incremento de lectores, que seguirán orientando sus escasas lecturas a una opinión dirigida por el hábito del consumo, gracias al cual ni siquiera tenemos que hacer el esfuerzo de desear. Porque como ocurre con alcanzar el deleite de paladear un buen vino, el encontrar un buen libro cuesta el precio de haber probado otros que no lo son. De aprender a elegir y descartar en la variedad de la oferta. La historia de la experiencia estética parece haber demostrado que una buena literatura no será la que nos ofrece las respuestas inmediatas de la telenovela brasileña, ¿«Quién será la próxima víctima»?, sino la que apelará a los resortes internos de esas oscuras profundidades que todos tenemos en nuestro cerebro y nuestro corazoncito, aparentemente olvidados o anestesiados pero que lamentablemente, para nuestra solaz inercia cotidiana bombardeada por la entelequia publicitaria, no han desaparecido. Y son tan reales como el vientre materno. Será la que planteará preguntas que nos remiten a la aventura, al drama o la alegría presente, pero que transforma nuestra siempre limitada y unilateral percepción humana de las cosas y de lo hombres. La aventura literaria se inscribe en el reino de la sugerencia y de la ambigüedad. Nos produce multitud de significaciones imbricadas en una existencia que es la nuestra, y no necesariamente aquellas que ha pretendido el autor. Permanece además, de alguna manera, en nuestra conciencia. Si leemos una novela a los veinte años, la interpretamos de una forma. Con el paso de los años encontraremos en ella, acorde con nuestra propia evolución, distintas percepciones. Lo demás es simplemente el gusto sin adjetivo. Como el placer de leer un artículo en el periódico, una revista de actualidad, o una tira cómica que cumple la función de gratificación sin mayor pretensión provocadora.
Un buen libro expresa cómo una cultura se piensa a sí misma. Y esa es quizás una especial función de la lectura que nos remonta hasta los clásicos de todos los tiempos: cómo uno se confronta a sus pasiones, opiniones, creencias, estilos de vida, comportamientos sexuales y modas. Un ejemplo de ello es la relación que tiene el tratamiento del tema y los personajes literarios, con los escenarios culturales y sus actores sociales. La literatura popular folletinesca de mediados del siglo pasado buscaba recetas muy simples y tan antiguas como la política aristotélica: personajes con los que el lector pudiera identificarse, una intriga que llamara la atención, y la resolución del drama planteado a través de una experiencia catártica. Pero la literatura del siglo XIX también problematizó el gusto del lector. Le presentó historias cuyo final no era un happy end. El bien no siempre triunfaba sobre el mal. Horror de horrores. Eso no se lo esperaban la mayoría de lectores del Werther de Goethe, libro que provocó una ola de suicidios en Europa, y fue criticado severamente por los preceptores de la rígida educación alemana, como una novela maldita que no respondía a las expectativas de lo que debería ser un buen libro, aleccionador y moral. Su historia expresaba mucho más que el suicidio de un joven por un amor contariado. Era una voz que se rebelaba contra el sentido de una época, justificada por la productividad frenética del trabajo.
Los temas que se presentan en la literatura antigua y contemporánea, provienen de las mitologías culturales. Y aquí hay variantes de acuerdo al desarrollo histórico de las sociedades. La cibernética no existía en el siglo XVII, pero los amores contrariados pertenecen a todas las latitudes, como los dramas de las paternidades y las filiaciones, o las búsquedas de los territorios edénicos que siguen apareciendo infinitamente en las historias literarias como apetencias nunca resueltas. Y si hoy deseamos llorar, o divertirnos o cuestionarnos, hay para todos los gustos. Pero lo que cambia esencialmente son las formas de decir las cosas, las modalidades del sentir, la naturaleza de los interrogantes, y el perfil del lector. Pues parece que aunque el buen autor no tiene sexo, el soñado lector virtual de los editores sí lo tiene. Las mujeres, que fueron las mayores lectoras de Byron en el siglo pasado, en nuestra época son un público masivo al que quieren llegar escritores y editores. Las transformaciones en sus condiciones de vida en los últimos cincuenta años, su incorporación al mercado laboral, instrucción y cultura, así como los efectos de los complejos procesos de urbanización de las sociedades rurales, las convierten en codiciadas receptoras. No es aventurado señalar que ello también influye en la elaboración de los textos literarios. La difusión que han alcanzado escritoras como Toni Morrison, Angeles Mastretta o Vlady Kociancich nos indica que hay variaciones no sólo en la oferta, sino también en el gusto literario. Y estos nuevos registros inciden en el llamado canon literario, que ilustra cómo se está definiendo actualmente el valor de una obra en el mercado latinoamericano.
Donde coinciden, finalmente, las polémicas calificaciones de lo que es el buen libro, se cifra en el criterio de su permanencia a través de las coordenadas del tiempo o la geografía universal. Y en esta era de desencantamientos, como también ocurrió en otras, en algún momento nos provocará sacudirnos de la fatiga de las ilusiones terminales, de la apatía y el amable cinismo. Entonces aparece algún libro, o un autor, que sabe evocar el silencio del pensamiento creador, proponiéndonos, subrepticiamente, las viejas preguntas, tan antiguas como nuestros ancestros, de una búsqueda de sentido para los pequeños y transitorios actos de nuestra vida, y para las que no tenemos las consoladoras certidumbres del pasado, cuando todavía creíamos en los dioses de la tierra. Será quizás la historia que nos despierta a nosotros, y no necesariamente a nuestro vecino, la conmoción que sintiera un lector del siglo XIX, descubriendo el sacrificio inútil y pueril de Charles Bovary. Y ese descubrimiento sólo puede experimentarlo uno mismo. Con su propia vida. Con su única historia. Y en esos casos, desafortunadamente para un lector que perdió el hábito de la elección, y afortunadamente para el libro, parece que radio bemba no siempre funciona
http://www.desco.org.pe/publicaciones/QH/QH/qh109pd.htm

Observatorio de Librerías

la sombra del Observatorio de la librería
He leído en el número 186 de Delibros una información sobre el Observatorio de la librería que me ha dado luz para algunas reflexiones:
1. Toda librería, como mínimo, debería tener en cuenta los siguientes indicadores:
a. Ventas por metro cuadrado
b. Ventas por trabajador
c. Rotación y estocaje mínimo.
2. Los editores deberían reconocer que:
a. En muchos de los libros que editan no tienen una estrategia clara de edición. . “Muchos títulos se dirigen a un mercado que no es capaz de digerirlos; son libros que salen sin una estrategia adecuada de comunicación o sin un cliente final claro. Son ejemplares de vida efímera con muchas dificultades para llegar a su lector, porque ni siquiera está claro que éste exista, y que se acaban convirtiendo en libros de ida y vuelta; son libros que muchas veces no se venden porque quedan en terreno de nadie. Mientras, se trata de saturar la demanda llenando las mesas de novedades con lo que se produce el efecto pila: se acumula un masivo de libros que se acaba devolviendo…Si el mercado fuese capaz de mostrar el libro, éste acabaría llegando a su lector” (Francisco Martínez)
b. Existe una clara falta de criterios de calidad. El editor debería realizar un filtro de calidad que no hace.
c. Deben reconocer que es imposible llegar a todos los puntos y que, como consecuencia, es necesaria disponer de una buena estructura informacional para que sí sepan todos, en cambio qué se edita y la existencia o no de ejemplares. Los libros no pueden estar en todos los sitios, pero la información sí.
3. Si todo el sector quiere seguir manteniendo el marchamo cultural debería pasar por reconocer algunos elementos básicos que permitan, precisamente el dedicarse con seriedad a esa labor cultural:
a. La tecnología se debe convertir en la infraestructura del sector y ello, en cada uno de los casos, debe suponer, fundamentalmente lo siguiente:i. El editor debe utilizarla para tener a disposición de la cadena la información de su catálogo y de las futuras publicaciones perfectamente actualizada en relación a precio y estado de los libros.
ii. Los distribuidores deben disponer de una información de la posible existencia o no de ejemplares y los tiempos posibles en los que pueden ser servidos al punto de venta.
iii. El punto de venta debe disponer de una buena gestión de consulta y pedidos que sustentándose en los dos elementos anteriores le permita atender de la manera más precisa a las necesidades y demandas de cada uno de los clientes. Ello debe permitirle el centrar su trabajo en el servicio y la cercanía que, según la estrategia de negocio, puede ser:1. Física. Geográficamente cercana al cliente.
2. ‘Emotiva’. Vivencialmente cercana, bien por estilo, temática, intereses.
3. Comunicacional. Hacer llegar la información que interese donde el cliente esté.
b. Se debe por lo tanto plantear una inversión racional en la tecnología necesaria, siendo conscientes que “Las inversiones del sector del Libro en España no destacan por una dedicación a la alta tecnología” . Para ello se pueden manejar algunos criterios:
i. Un cumplimiento, en el caso de las librerías, de los ratios señalados más arriba.(Quien esté interesado en las cifras de los mismos los puede solicitar a jmbarandiaran@euskalnet.net)
ii. Una aceptación de compartir la inversión. Se debe reconocer la escasa rotación del producto y la dificultad de recuperar inversiones. Se propone una ayuda de hasta un 50%.
iii. Unas cantidades que podrían rondar como inversión global los 7.000 euros para una librería pequeña.
Etiquetas: Observatorio librería editorial
09:38. Tema: El \'mundo\' del libro. #. No hay comentarios de este artículo. comentar.
http://blogia.com/c onvalor/index.php?dia=20050415

domingo, junio 05, 2005

El resuello de los libros

El resuello de los libros
No entiendo cómo pude amontonar mis libros en un depósito durante ocho meses, abriendo apenas la puerta para que se ventilen. Al fin pude rescatarlos y desplegarlos en un departamento que escogí por sus altas paredes. Todavía están desparramados como cadáveres en un campo de batalla, pero buena parte de ellos han ganado sitio en los estantes y me observan como espectadores de tribuna.
Me gusta llegar de noche y antes de encender la luz sentir su olor característico. Yo diría que no sólo huelen: respiran, resuellan. Las paredes altas les permiten repantigarse a sus anchas, y aun los que se paran ordenados en los estantes parecen ciudadanos erguidos cantando un himno a la alegría.
Me he preguntado por qué hace una semana que tengo insomnio. Le he atribuido mi falta de sueño al rencor de mi colchón que también estuvo en depósito. Supuse que se negaba a sentir mi humanidad y me alejaba el sueño; pero sospecho que más bien son los libros que hacen vigilia mientras yo procuro dormir. Tantos y tantos personajes aprisionados entre sus páginas, ávidos de que algún lector piadoso les dé vida posando sus ojos en los renglones, tienen que desvelar hasta a una marmota o a un peregrino descalzo luego de un fatigoso viaje. Siento que se agitan en la oscuridad y esperan ansiosos que al menos mis ojos les den vida, así sea hojeándolos a mi aire, con una curiosidad desmañada, en busca cuando más de alguna frase subrayada.
Esos personajes intuyen que de cada uno de esos libros no pueden salir, a no ser por la línea aérea de la memoria del lector. Si el lector les presta sus ojos y su memoria, ya no estarán encarcelados, ya no yacerán como en un cementerio: agitarán la memoria de quien los lea y nutrirán su conversación sugiriendo sentimientos nuevos y pulsiones jamás estrenadas.
¡Cómo sufren los libros en los traslados! Parecen convictos apiñados en vagones de carga rumbo a campos de concentración. Pero hay esperanza en ellos, pues no saben adónde irán a parar. Unos acaban deshojados y convertidos en papilla que a su vez será prensada en rollos de papel higiénico. Quevedo diría que de adorno de los ojos de la cara pasan a ser utensilio del ojo cíclope del culo. Otros aguardarán pasar de mano en mano en las librerías de libros usados, intuyendo, melancólicos, cómo regatean precios, como si se tratara de esclavos rendidos o acémilas de mala dentadura. Pero a veces los acoge un ambiente fresco, no importa si soleado, pues aun en la penumbra son felices, con tal que a la luz de una lámpara, o de un candil, un par de ojos recorra sus páginas y devuelvan vida a sus personajes.
Un libro huele delicioso; dos, tres, diez, acentúan su bouquet. Pero cientos de libros en un departamento no sólo huelen: ocupan. Uno se siente viviendo en una "casa tomada"; paseando la propia soledad entre multitudes. Tan sólo de imaginar cuántos personajes hay encerrados en esos libros, uno podría pintar nuevamente esos murales de la Revolución Mexicana con decenas y decenas de rostros reconocibles. Allí Oliveira intuye que la Maga no existe, y aun así se pregunta si podrá encontrarla; Aureliano Buendía va una y otra vez de la mano de su padre a conocer el hielo y Don Quijote, con una bacinica de barbero por yelmo y un viejo leño por lanza sale, en uno y otro viaje por La Mancha.

http://www.bolpress.com/cultura.php?Cod=2005000963

michelenag@cantv.net

La biblioteca de mi generación

La biblioteca de mi generación
por Carlos Eymar
El Ciervo nº 650 , mayo 2005





Carlos Eymar (Madrid, 1951) es doctor en Derecho y en Filosofía. Ha sido profesor asociado de Filosofía del Derecho en la Universidad Complutense. Diplomado en Derecho Comunitario, ha ejercido como asesor jurídico internacional en Estrasburgo y, actualmente, es profesor de Derecho Internacional Humanitario en el Instituto Gutiérrez Mellado de la UNED. Es autor, entre otros, de los siguientes libros: Karl Marx, crítico de los derechos humanos, El funcionario poeta: elementos para una estética de la burocracia o De la historia y concepto del desarme. Desde 1989, en que recibió el premio Enrique Ferran, es colaborador habitual de El Ciervo.
Tengo una especial inclinación por los libros que pesan, en gramos y en conceptos. En los anaqueles de mi biblioteca se acumulan las principales obras de Platón, Aristóteles, San Agustín y Santo Tomás. Sin embargo, el mayor espacio lo ocupan los 44 tomos de las Marx Engels Werke de la Dietz Verlag, junto a numerosos libros de marxistas y marxólogos que, durante los diez años que duró la elaboración de mis dos tesis doctorales, reclamaron la mayor parte de mis esfuerzos. Menos atención, pero más cariño, puse en la lectura incompleta de las obras completas de Pascal en la edición de la Pléiade, los veinte tomos de las de Kierkegard de les Editions de l'Orante, los nueve tomos de las obras completas de Unamuno de la editorial Escelicer, los once de las de Ortega de la Revista de Occidente e incluso los tres gruesos tomos de las obras completas de Freud en la editorial Biblioteca Nueva. Especial interés puse siempre en la lectura del tomo de la BAC que contiene las obras de San Juan de la Cruz.
Tenía que hacer una mínima referencia a esas obras para que se entienda mejor la selección que se me pide de "libros generacionales" por el hecho de haber nacido, como El Ciervo, Javier Marías o Isabel Preysler, en el año 1951. Obviamente esta selección va a prescindir también de libros de época "pesados" como los de Bloch, Adorno, Marcuse, Ricoeur, Foucault, Deleuze, Gadamer o Habermas, y se va a centrar en libros cuya ligereza no evitó que impactaran con fuerza en algún momento de mi existencia.
Don Josémaría Escrivá de Balaguer,
Camino
¿A qué adolescente más o menos empollón en la España de los años 60 no se le puso un ejemplar de Camino entre sus manos? Era en la España de López Rodó y del Plan de Desarrollo cuando el libro de monseñor Escrivá adquirió una notable pujanza editorial. Antes de enfrentarnos con los de Nietzsche, muchos jóvenes teníamos ya metido en la cabeza algún aforismo de monseñor y no sólo ese conocidísimo número 28: "El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo". Había otros que podían ser asumidos por quienes, como yo, sentíamos inconscientemente el agobio y la opresión de una España cerrada y provinciana. Me refiero, por ejemplo, a ese número 7: "No tengas espíritu pueblerino. Agranda tu corazón hasta que sea universal, ‘católico'. No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas". Richard Bach con su Juan Salvador Gaviota, en los años 70, no hizo más que seguir la pauta marcada por el santo de Barbastro.
Walt Whitman,
Hojas de hierba
Otra forma de combatir la cerrazón era entregarse a sueños panteístas como esos que nos llegaban de Woodstock y la Isla de Wight, con música de Bob Dylan, Joan Baez, Peter Seeger o Peter, Paul and Mary. Whitman daba forma a todo eso, invitando a emplear las energías juveniles en ensayos de unión con todo y con todos. "Sé que el sostén de la creación es amor y que la hierba es el pañuelo de Dios", decía Whitman, y, así, por ese lado franciscano, más que por el hedonista, uno podía integrar el movimiento hippie con el Cántico a las Criaturas, sentarse en corro en un prado lleno de flores con una guitarra acústica y una armónica colgada al cuello y concluir: "Creo que una hoja de hierba no es menos que el camino recorrido por las estrellas". De ahí al Hermano Sol Hermana Luna de Zefirelli no había más que un paso.
Hermann Hesse,
Siddharta
Los viajes de los Beatles a la India y el citar de Rabí Sankar predisponían a seguir el camino de un Oriente imaginado de la mano de Herman Hesse que ya nos había perturbado con El lobo estepario. Siddharta era un programa de vida, la descripción de un viaje en el que se sintetiza la multiplicidad de experiencias con la unidad espiritual. Ascesis, estudio, amor, placer de vivir, compromiso con el mundo; todo era posible a la luz de la mirada serena del sabio que ha vivido. Siddharta me inoculó la aspiración a sentir circular por mis venas todo el sabor de la unidad del mundo, a llegar a la sonrisa beatífica e irónica del santo que contempla su vida pasada junto al cauce del río.
Julio Cortázar,
Rayuela
Bajo la etiqueta del boom latinoamericano, nos llegaron genios como Borges, García Márquez, Vargas Llosa, Onetti, Carpentier o Lezama Lima. Rayuela fue un boom por sí misma, el Quijote del siglo xx, la primera novela interactiva y desmontable que, más que leída, exigía ser vivida por el lector. La abordé en 1973, diez años después de su publicación, y, enseguida, me ganó su surrealista sentido del humor. Contribuyó a que mitificara, aún más, aquel París en que explotó el mayo del 68, porque Rayuela era el producto concreto de la imaginación que se pretendía entronizar. Borbotón de lenguaje, acompañado por música de acordeón parisino, tango porteño y jazz de Charlie Parker eso sí, envuelto en el humo de los Gitanes de la Maga.
Karl Marx,
Manuscritos económico filosóficos
Publicados en la colección de bolsillo de Alianza, en la excelente traducción de Rubio Llorente, hoy presidente del Consejo de Estado, conocieron un gran éxito editorial desde su aparición en 1968. De ellos afloró el término alienación, una de las palabras más frecuentadas por la progresía de los años 60 y 70.
Para desalienarse, es decir, para emanciparse, el hombre, según Marx, necesitaba superar el sentido excluyente y egoísta del sistema de la propiedad privada capitalista, lo cual sólo podía hacerse de forma universal en una sociedad comunista, si bien el comunismo "no es en sí la finalidad del desarrollo humano". En torno a este librito de Marx surgió una formidable polémica que enfrentó a quienes, con Eric Fromm a la cabeza, mantenían la existencia de un humanismo socialista y a los partidarios de Althusser que afirmaban que la problemática humanista de los Manuscritos fue un pecado de juventud de Marx.
Alfonso Comín,
La reconstrucción de la palabra
Paralelamente al humanismo socialista fue tomando cuerpo una corriente de humanismo cristiano. El humanismo integral de Maritain, El Manifiesto al servicio del personalismo de Mounier, la Pacem in terris, la Gaudium et spes y la Populorum Progressio, fueron sus principales fuentes.
En nuestro país surgieron muchas reflexiones en esta línea y, entre ellas, pueden citarse el Creo en la esperanza de Díez Alegría, El cristianismo no es un humanismo de González Ruiz o La entraña humanista del cristianismo de Cafarena, algo posterior.
El nombre de Alfonso Comín, dentro de esta tradición, ocupa un lugar especial, más que por la profundidad teórica de sus reflexiones, por su figura carismática y el hecho de encarnar en su persona una peculiar síntesis entre cristianismo y comunismo. Comín pretende romper con el lenguaje de la doctrina social de la Iglesia, defensora de un "capitalismo con rostro humano", para recobrar la Palabra que había huido de los templos hacia las calles y fábricas.
Además del necesario diálogo entre el humanismo marxista y el cristiano, que no podía obviar la lucha de clases, Comín destacaba el carácter ejemplar de su amigo Mounier en quien veía "la raíz de toda renovación eclesial".
Louis Althusser,
El porvenir es largo
Muchos intelectuales que compartieron entusiasmos, en mayo de 1968, fueron adensando, con el paso de los años, su bilis negra. Althusser que nunca se sintió querido por su madre, fue arrastrando, desde su infancia en Argelia, una melancolía aguda que acabó por explotar, el 16 de noviembre de 1980, cuando estranguló a su mujer, Helène, en su apartamento de L'Ecole Normale. Su intento por explicar aquel hecho dio como resultado este libro estremecedor que nos absorbe como un agujero negro hacia el fin de una noche de locura y depresión que tiene también algo de generacional. Su amigo, el filósofo marxista Nicos Poulantzas, acabará arrojándose desde la torre de Montparnasse. Antes, Lucien Sebag había puesto fin a sus días como luego lo haría Gilles Deleuze.
El título del libro de Althusser, escrito en 1985 pero publicado, con carácter póstumo, en 1992, parece dar la razón a Fukuyama: sí, la historia ha terminado, ¡qué largos se hacen los días que quedan!, ¡cuánto dura el porvenir! Nunca creyó Althusser en el poder de la voluntad en la historia, y la inteligencia, por su parte, no nos da muchas esperanzas. Sólo se podría albergarlas en esos pequeños islotes de comunismo en los que no reinan las relaciones mercantiles, movimientos sociales que nada indica vayan a ser hegemónicos. El único consuelo es pensar con Marx "que la historia tiene más imaginación que nosotros", porque ninguna esperanza cabe en relación con el comunismo real.
En este libro, el juicio de Althusser con respecto al Partido Comunista y al Estado socialista será contundente e inapelable: "son la mierda".
Hugo H. M. Enomiya Lasalle,
El zen
La conocida boutade de Malraux –"el siglo xxi será místico o no será"– puede traducirse como el imperativo de ser místico para ser. El mejor remedio para no dejarse vencer por la tendencia contemporánea hacia el nihilismo es el esfuerzo por abrirse al mundo del espíritu.
El jesuita alemán Hugo Lasalle, nacido en 1898, maestro zen, misionero en los barrios pobres de Tokio y elogiado por el mismísimo padre Arrupe, ha sido la figura pionera en la introducción del zen en ámbitos católicos. La meditación zen puede ayudarnos a percibir al Cristo universal que, como ya había indicado Teilhard de Chardin, se transparenta de alguna forma en el mundo y en la naturaleza. A diferencia de determinadas formas folklóricas de orientalismo, el zen, como demuestra Lasalle, es un método plenamente compatible con el cristianismo y guarda profundas semejanzas con lo mejor de la tradición mística cristiana desde La nube del no saber hasta San Juan de la Cruz, pasando por Ruysbroek y Tauler. En las dos últimas décadas, muchos cristianos, insatisfechos con el clima espiritual y con las expresiones estéticas de la Iglesia actual, han acudido a técnicas zen para profundizar en una vía de oración y de silencio. En España, la figura de Ana María Schlüter, maestra zen que me descubrió al padre Lasalle a finales de los 80, está desempeñando un notable papel en la difusión de esta vía.
Lejos de plantearse como una huida del mundo, la interioridad siempre fue una fuerza transformadora que contribuyó a eliminar las barreras entre hombres y religiones. La santidad, como dijo Mounier, es un auténtico programa político y no puede haber santidad sin oración.
http://www.revistasculturales.com/articulosLeer.php?cod=324&pag=2

michelenag@cantv.net

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